A Antioquia le va bien. Con el 13% de la población, produce cerca del 15% de la riqueza del país y concentra el 29% de las exportaciones no petroleras. Es el segundo departamento más competitivo de Colombia según el Índice Departamental de Competitividad solo detrás de Bogotá DC. En 2025, alcanzó su mayor nivel de ocupación y la pobreza monetaria bajó cinco puntos porcentuales con respecto a 2024.
Pero los buenos resultados promedio conviven con el resto de la historia. En 2025 la pobreza multidimensional fue del 23% en la zona rural y del 6% en la urbana. La violencia también se concentra: en el Nordeste, el Bajo Cauca, el Suroeste y el Norte hay entre dos y tres veces más homicidios que el promedio del departamento, y los enfrentamientos armados aumentaron 73% entre 2023 y 2025. Además, casi dos de cada tres empleos nuevos se crearon en el Valle de Aburrá.
Estas brechas también se reflejan en las oportunidades y calidad de vida. En Antioquia, en promedio una cita de medicina general tarda seis días, el mayor tiempo de espera del país. El 40% de los bachilleres no alcanza el nivel mínimo en lectura crítica. A esto se suma el envejecimiento de la población, donde se proyecta que Antioquia empezará a decrecer demográficamente en 2040.
Cada brecha también representa oportunidades para el departamento. Talento por formar, capacidades por fortalecer y una economía del cuidado por desarrollar. Puerto Antioquia y las nuevas vías hacia el mar abrirán posibilidades para conectar el departamento con nuevos mercados. Aprovecharlas requiere que la Nación participe en el proceso y que la región pueda tener soluciones de mayor alcance.
El desafío es que el crecimiento llegue a todos los territorios. Porque avanzar como departamento en calidad de vida implica reconocer que, aunque hay muchas Antioquias, es necesario concentrarse en cerrar brechas.