Columna de opinión
Escrita por: Mónica Almonacid, directora de Medellín y Antioquia Cómo Vamos
8 de julio de 2026
Imaginemos Antioquia en 2050: por cada niño que juega en un parque, habrá tres adultos mayores. No es un escenario de ciencia ficción: es la ruta que el departamento ya tomó y que empezaremos a sentir muy pronto. El departamento está envejeciendo más rápido de lo previsto y, sin embargo, es un desafío social del que casi nadie está hablando.
Las cifras marcan el ritmo. Hoy cerca de 1,1 millones de antioqueños superan los 60 años: el 16% de toda la población, una de las proporciones más altas del país. Solo nos superan el Eje Cafetero (20%), Tolima (19%), y Boyacá y Valle del Cauca (18% cada uno), mientras que estamos por encima de Bogotá (15%). El envejecimiento, se convierte entonces, en uno de nuestros sellos de identidad demográfica.
Ese cambio transforma de raíz quién sostiene económicamente a quién. Cada vez habrá menos personas en edad de trabajar cargando sobre sus hombros a quienes no trabajan, sean niños o adultos mayores. En 2025 ese índice de dependencia era del 45%; en 25 años podría llegar al 49%. Pero el dato esconde un giro de fondo: si antes esa dependencia se explicaba por la cantidad de niños y jóvenes, hacia 2050 el esfuerzo productivo e institucional estará volcado, sobre todo, en sostener y cuidar a la población mayor.
Por eso muchos adultos mayores siguen trabajando, o buscan hacerlo, no solo para mantenerse activos, sino por necesidad. Entre 2021 y 2024 su participación laboral pasó del 25% al 30%, en buena parte porque no cuentan con una pensión que les garantice ingresos. En 2025, un adulto mayor en Antioquia ganó en promedio $1.398.213, un monto ligeramente inferior al salario mínimo. Y la informalidad en este grupo alcanza el 74%, muy por encima del 48 % de la población general: una cifra que los atrapa en el rebusque y las economías de subsistencia.
Frente a este panorama, ni el sector público ni el privado pueden mirar hacia otro lado. Diseñar políticas que aseguren una vejez con calidad de vida exige apostarle a la educación a lo largo de la vida, la recapacitación laboral y el cierre de las brechas digitales, para que las personas mayores puedan seguir activas productiva y laboralmente. Y exige, también, garantizar un piso mínimo de protección social y redes formales de cuidado, porque los hogares son cada vez más pequeños y su capacidad interna de soporte se está agotando.
Envejecer es una buena noticia: significa que vivimos más. La mala noticia es llegar allí sin haber hecho la tarea. Todavía estamos a tiempo de decidir qué clase de vejez queremos construir. Pero el reloj ya está corriendo.